
El cielo ni el infierno existen, para mi, no tener el valor de entregar amor verbalizando y expresando, es dejar cuajada el alma, como si el reposo de las emociones contribuyese a caer en el infierno; al final de este hondo paisaje una estalactita brilla siempre, y recurro a ella escupiendo las razones por las que me veo obligada a no soñar después de la media noche;
dando razones al muro inexorable de los lamentos, es ridículo creer que llegaremos al cielo, estaré en el cielo cuando haya recipiente para los sentimientos, cuando se contengan las palabras, cuando mi sombra deje de provocar el eco lastimoso y ceda el orgulloso sigiloso; Aunque bien me vale tener orgullo, para no quedar bailando sola en la penumbra, después de todo bien guardados estaban las infartadas confesiones que deje flotando en el espacio como una muestra fiel de mi cariño, aunque no obedecieran al abecedario clásico de los amantes, parecía un gesto amarillo que se vence en la despensa, bien guardados quedaron, si te encuentras recortando las sabanas en las noches con el calor que no me corresponde y se evapora.
La mañana borra lo dolido, escribo "parar" en la ventana al tiempo que se escurren las letras, veo transcurrir los años dentro de un esfera, con la esperanza inmarchitable, soy una tira de eventos que no acontecen, y al final de todo, sacudo el pelo y me equilibrio en mis piernas, obedeciendo al cuarteto armónico de brazos y pies, nadie creería que tengo el corazón desanclado.
