Veo correr los
días uno tras otro, como soldaditos librando esta finita batalla que es la vida
y los veo también morir cada día al dormir.
Ahora sé que era más feliz cuando no sabía
llorar. Simplemente arrastraba la pena, como quien lleva una maleta por la
ciudad. Arrastraba mi sombra con pesar, lloraba de vez en cuando sin saber por
qué, un par de lágrimas dos o tres, sin saber hacerlo de verdad. Pero un día aprendí a
llorar, a gritar de pena a atorarme con mi propio llanto y mi cuerpo como un sediento que ve una posa de agua, desesperado se
liberó, se independizó y se separó para siempre de mí, ya no está más bajo mi
neurótico control. No por esto, fui más feliz. Al contrario. Hay días, que mi cuerpo no se quiere levantar y se queda aletargado días
enteros, viendo el sol subir y bajar, haciendo lo que mejor sabe hacer
ahora, llorar.
No tengo recuerdos de haber sido feliz a excepción de los momentos de risa (que no definen la alegría de vivir), yo siempre he sabido que no hay nada más. La melancolía me
destruye cada día. Caminar por el centro comercial, recordar que hace tan poco
era una niña. No provengo de ningún lugar, soy un fruto
caído de una canasta extranjera y olvidada. Nunca fui una niña en realidad,
siempre arrastré esta nostálgica sensación, esta sombra de pesadumbre, esta
falta de amor, como un árbol que crece con el cuesco que alguien lanza sin
saber que ahí crecerá un árbol. Sin nombre, sin ciudad, un árbol que el sol se
olvidó de alumbrar. Un árbol que el agua esquivó, pero creció de todos modos,
porque tenía ganas de crecer, porque pensaba que si alcanzaba una altura
suficiente alguien llegaría a adoptarlo, a ponerle un nombre, a regarlo. Pero
no.
Hoy solo crecen raíces y un hueco gigante en el corazón, ya nada puede
salvarlo, no hay terapias, ni medicinas florales. Algún día morirá, con la
misma pena de haber nacido, con la misma nostálgica sensación de haber vivido
en soledad, de haber sobrevivido con porfía y de haber muerto de tristeza.