miércoles, 17 de febrero de 2016

Como un árbol que crece con el cuesco que alguien lanza sin saber que ahí crecerá un árbol...

Veo correr los días uno tras otro, como soldaditos librando esta finita batalla que es la vida y los veo también morir cada día al dormir. 

Ahora sé que era más feliz cuando no sabía llorar. Simplemente arrastraba la pena, como quien lleva una maleta por la ciudad. Arrastraba mi sombra con pesar, lloraba de vez en cuando sin saber por qué, un par de lágrimas dos o tres, sin saber hacerlo de verdad. Pero un día aprendí a llorar, a gritar de pena a atorarme con mi propio llanto y mi cuerpo como un sediento que ve una posa de agua, desesperado se liberó, se independizó y se separó para siempre de mí, ya no está más bajo mi neurótico control. No por esto, fui más feliz. Al contrario.  Hay días, que mi cuerpo no se quiere levantar y se queda aletargado días enteros, viendo el sol subir  y bajar, haciendo lo que mejor sabe hacer ahora, llorar. 

No tengo recuerdos de haber sido feliz a excepción de los momentos de risa (que no definen la alegría de vivir),  yo siempre he sabido que no hay nada más. La melancolía me destruye cada día. Caminar por el centro comercial, recordar que hace tan poco era una niña. No provengo de ningún lugar, soy un fruto caído de una canasta extranjera y olvidada. Nunca fui una niña en realidad, siempre arrastré esta nostálgica sensación, esta sombra de pesadumbre, esta falta de amor, como un árbol que crece con el cuesco que alguien lanza sin saber que ahí crecerá un árbol. Sin nombre, sin ciudad, un árbol que el sol se olvidó de alumbrar. Un árbol que el agua esquivó, pero creció de todos modos, porque tenía ganas de crecer, porque pensaba que si alcanzaba una altura suficiente alguien llegaría a adoptarlo, a ponerle un nombre, a regarlo. Pero no. 

Hoy solo crecen raíces y un hueco gigante en el corazón, ya nada puede salvarlo, no hay terapias, ni medicinas florales. Algún día morirá, con la misma pena de haber nacido, con la misma nostálgica sensación de haber vivido en soledad, de haber sobrevivido con porfía y de haber muerto de tristeza.