El desfile mágico descansa en la orilla de mis ojos hasta que el mar sobrepasa los ojos harinosos, la tierra desértica en las mejillas, nunca turquesa, brilla tenue y empaño la ventana;
Extrañar, como si el presente solo perdiera valor cuando comparado con el pasado parece menos mejor, nunca malo o terrible, sólo esa sensación de las vísceras vacías en el noctambulismo, del corazón lento, de las manos que se calientan la una a la otra sin hallar nunca el sosiego, sin llegar jamás a la nota que se necesita y de esta manera la voz se cierra hasta convertirse en las ganas que se arrancan del suspiro, yo veo a través de mi ventana y añoro todo cuanto tenga que ver con el pasado.
Cuanta razón tenían los fantasmas milenarios, si sólo me conformara y explorara sólo la temperatura de la noche, observando los astros en la oscuridad, entendiendo que fuera de esto, nada tengo; sin insistir en la nostalgia que se inyecta a los nervios, que me deja obsoleta.
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