domingo, 13 de febrero de 2011

El aroma evoca un recuerdo hasta casa, como si caminaran las sombras pegadas en las huellas, imagino un pueblo levantado sólo de la memoria, como si cada vez dejaramos tirado un pedazo de nosotros en el sendero ancho de la vida y entonces todo cobra vida en este estado subconsciente que adquiero mientras dejo resbalar los dedos en la ventana, hiero las estalactitas con los ojos y la noche me regala un momento para escribir, que ojalá lo invirtiera en eso;
El desfile mágico descansa en la orilla de mis ojos hasta que el mar sobrepasa los ojos harinosos, la tierra desértica en las mejillas, nunca turquesa, brilla tenue y empaño la ventana;
Extrañar, como si el presente solo perdiera valor cuando comparado con el pasado parece menos mejor, nunca malo o terrible, sólo esa sensación de las vísceras vacías en el noctambulismo, del corazón lento, de las manos que se calientan la una a la otra sin hallar nunca el sosiego, sin llegar jamás a la nota que se necesita y de esta manera la voz se cierra hasta convertirse en las ganas que se arrancan del suspiro, yo veo a través de mi ventana y añoro todo cuanto tenga que ver con el pasado.
Cuanta razón tenían los fantasmas milenarios, si sólo me conformara y explorara sólo la temperatura de la noche, observando los astros en la oscuridad, entendiendo que fuera de esto, nada tengo; sin insistir en la nostalgia que se inyecta a los nervios, que me deja obsoleta.

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