Cuántas son las manos que construyen este cuerpo social del que soy producto, como una larva de mi propia especie, entonces quiero al fin escupir las alas y planear sobre mi pueblo, para decirles gracias!, esbozando esa sonrisa que emociona al resto de la gente, mi gente. Mi familia, que se cubrirá la cara para esconder el llanto, ese llanto sobrecogedor que nos eriza la piel; pero yo tengo bien puesto mi sombrero para el sol, y las manos suaves, pero fuertes como el mar cuando golpea, como la rabia con la que se devuelve cuando lo empuja el viento, pero al final siempre parece como si el mar y el viento terminasen haciendo el amor. Entiendo esa propagación de frutos, y soy un fruto verde de este espacio reducido en el que hago piruetas conquistando mi propia alma trovadora, desde arriba los veo y desde abajo les beso los pies, porque qué habría sido de mi espíritu loco si no le hubieran herido, de qué se habría inflamado si no hubiera amado, con qué se habría entibiado mi ansia si no hubiera existido el libro prójimo de mi poesía, si soy digna de poetas que me hablen a los ojos.
Si me dejaran muriendo de hambre y sed, tendría un delirio, soñaría mis huellas en una isla que desconozco, donde todo funcionara perfecto, y vería mis manos haciendo barcas para volver a este pedazo de tierra imperfecto y vertiginoso, para volver a vivir la gracia y la desgracia, la salud y la enfermedad de mi gente loca, para morirme de frío y calor, y para desastillarme los pies del viaje, del vuelo, de mi desmadre, viva para empezar, entonces el canto milenario de las aves, adornaría mi breve declaración de amor.
