domingo, 29 de abril de 2012

Tiempo en el agua


Demoré años en sacar una conclusión de toda mi vida, algo digno de valer la pena saberlo, siempre creí que los años pasarían uno tras del otro, como por una pasarela frente a mi. El otro día mientras descongelaba el plato del almuerzo y sentía el cotidiano ruido del microondas, pensé en las infinitas oportunidades que había dejado pasar frente a mi, a causa de estos sufrimientos fortuitos que nos trae la vida; las muertes de nuestros queridos, las inevitables separaciones de otras personas, los cambios de vida, las mudanzas, la nostalgia que se instala cuando se siente casi siempre el desapego, y entonces vi, como tantos momentos de la vida habían pasado batiendo una mano al tiempo que decían hola y adiós. Adiós a volver a encontrarlos esperando por mi. Me acerco a descorrer las cortinas y se escucha desde afuera la brisa de este otoño que cayó como una helada sobre el paisaje, este otoño que ha descuerado los árboles al tiempo que silva, me quiere mucho, poquito, nada. Qué más hacer que quedarse viendo como trascurre la mañana, tan silenciosa, apacible, quedarse en el Olimpo de la ventana, mientras aprendo que este preciso instante ya nunca volverá, nunca volveré a estar erguida exactamente en la misma posición, en las mismas coordenadas, con los mismos sentimientos y con este mismo viejo pijama, nunca volveré a estar entre mi reflejo y el paisaje, pensando en lo estúpida que he sido, en las porciones de mi vida lanzadas a la basura, en los momentos de mi vida que no tienen ninguna posibilidad de ser descongelados, en lo mucho que he anhelado aquello que no existe, aquello que está en la copa del árbol, la hoja que nunca caerá y entonces mientras el jardín se torna amarillento, y la humedad contrasta el verde que va quedando, yo seguiré colgada de lo que nunca vendrá por mi, para mi.
Y da pena... da pena enterarse de la cantidad de veces que corrí la cortina, que tomé el desayuno, que calenté mi almuerzo, que dormí la siesta, que bebí con sed, que quedaron saltando como momentos vacíos, como voces que se chocan unas a otras en un espacio inmenso lleno de insatisfacciones, de quejas, reclamos y multas. Y mientras sacudo los pocos muebles de mi habitación pienso que ya jamás nunca dejaría de devolverles el saludo a mis cabizbajos momentos.

domingo, 22 de abril de 2012

Malestar Subjetivo


La única forma de abandonar el sufrimiento subjetivo de nuestra época es movernos como el ganado que estamos invitados a ser, a nunca abandonar la centrífuga que nos mantiene pegados de la espalda a la invencible máquina social, viéndonos la misma cara de hastío unos a otros; el único modo de vivir en paz es amedrentando cada una de nuestras incipientes revoluciones evitándonos siempre el conflicto. 

Acostumbrarse de una vez a la incertidumbre, a lo pasajero, al cambio incesante, abrir los brazos al desequilibrio, a lo inesperado, aceptando de una vez que nuestra vida ya no será la que fue ayer, nuestros sueños irán adaptándose como una masa a las oportunidades, y solo quedarán en los recovecos de nuestra mente los anhelos. Nos iremos mudando de ciudad en ciudad, para conseguir una identidad y luego trabajaremos en uno y en otro ámbito de nuestra profesión hasta descubrir el cansancio próximo de los cuerpos, que nada han vivido, sino aquello que se les ha inventado que es la vida.  Porque la vida después de todo es un concepto configurado por algunos otros, nadie ha tenido tiempo, ni derecho de decir aquello que piensa que es la vida, nadie puede morirse de hambre por andar filosofando acerca de sus propias concepciones, porque en las noches sólo queremos dormir, solo queremos cerrar la puerta y relajar lo más posible nuestra conciencia. Nadie quiere pensar si ésto estará bien, si tendrá suficiente, si existe la suficiencia  en este lugar. Y si remotamente alguno de nosotros, hoy, sentado frente a su ventana, sintiendo la brisa fresca del otoño, pensase en su propia vida como una gran seguidilla de sucesos parecidos a una interminable rutina, decidiese revelarse en contra de su pequeño e insignificante mundo, sólo lograría conseguir el inevitable sufrimiento subjetivo de nuestra época, que se puede abandonar sólo moviéndose como el ganado que se está invitado a ser.
Da pena, que desde luego, nuestra realización se encuentre inevitablemente contenida en estas "paredes" congeladas, que la vida se nos arranque entre las cerámicas y el aire acondicionado, que se gaste entre la oferta y la demanda, que no encontremos respiro, que el único respiro sea el dormir, que disfrutar de la inmensidad de nuestra tierra sólo sea la niñería que no se supera, la inmadurez, la tontería, que no podamos vivir, sin programar todos los santos días el  necesario  e imprescindible despertador. La virtud de la psique  humana sólo puede manifestarse en nuestro breve y mal dormido sueño.