domingo, 20 de febrero de 2011

Algodón de noche


Estaba observando sus posibilidades, sintiendo esa mediocridad, de quién nunca celebró las pequeñas alegrías y jamás consiguió sus propios anhelos, viendo como se estiraba y recogía el mar, como cuando mamá amasaba el pan estirándolo hasta formar la ola que se devolvía para estirarse nuevamente, y ella hipnotizada, por el recuerdo de la niñez que nunca fue mejor, hipnotizada, viendo como había horneado su vida con tanta prisa, que había incendiado sus mejores momentos y se sentía como un trozo de carbón que todo lo tiñe con ese molestoso polvillo. Juntaba la fuerza en el abdomen para lanzarse desde esa altura, arriesgandolo todo, y sólo provocaba ese enorme suspiro que alejaba toda forma de vida, dejándola, como una columna de hierro congelada; Llevaba puestos unos jeans, que acentuaban el exagerado vaivén de sus caderas y una blusa que llegaba hasta un poco después de su ombligo obligandola a exhibir su pedazo de piel blanca, sobre sí un tapado rosa, la hacía ver aún más femenina, y bajaba las pestañas al tiempo que se veía la espesura de ellas, su cara delgada y el pelo largo hasta la pequeña cintura que la rodeaba de almas masculinas y ella, ahí de pie, como si estuviera a punto de caer al mar un reliquia; evaluando su triste vida, reprobando todas las asignaturas que se había propuesto, llegando de vuelta de un largo viaje donde sólo había aprendido lo que no se debe, y besaba la cruz en la garganta.
Abrió los brazos atrapando libertad, ocultando el vértigo en los labios apretados, sentía su corazón latir al ritmo salvaje del viento, y su cabello volándose, sintió como se desprendían de sí los años, el tráfico, la ciudad, el cielo y el infierno y toda la vida en un respiro de luz, vio su ropa flotando a la orilla del mar, sus tacones marrón enterrados en la arena separados uno del otro, y esa familiaridad con la pena, salió desnuda del agua, mientras la noche dulce, le regalaba una sonrisa de cielo. Preguntándose si valdría la pena recoger la chatarra tirada en la arena dejo sus pechos rebotar al compás de los pasos y relajarse su abdomen a medida que andaba, por su lado, los vellos del pubis seguían una dirección que no necesariamente obedecían las piernas, tenía ganas de probar un algodón de azúcar...

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