miércoles, 3 de noviembre de 2010
Deben ser las cinco de la mañana que suenan como pasos, buscando helarse las entrañas con alcohol, descontando de las 24 unas 18, total en seis se duerme y las dos, de sueño, que faltan sobran. Debe ser la angustia del acompasado silencio y el tránsito psicológico no cede a la telaraña, llueve una lágrima, la veo resbalarse por mi cuerpo, cruzar los pechos lento y quedarse dormida en el ombligo, entonces unas bocanadas de aire vulneradas llenan el espacio con un suspiro; Deben ser las siete de la mañana, las dos que faltan ya no sobran, el contorno de los ojos delator, el sol erguido como columna vertebral deja caer su cráneo en la ventana, vuela una araña al encuentro, flotan las ideas y el cansancio, cubriendo el rostro con una máscara de peltre salgo un día más y me sonrío. Que bueno que me sonrío.
El absurdo del urbano
El absurdo se apodera de la ciudad, del tiempo cojo, de la mandíbula dislocada que le dejó la ironía a los políticos, el absurdo que cabalga lo urbano para darle sitio al chicle que masticamos en comunidad, a la ignorancia que se estira para formar un globo inmenso sin distancia, donde aparece sólo la duda para nombrar este largometraje. Delitos, delinquir, delincuente casi rítmico, cadencioso, musical; inmaculado, irrompible y el clásico de los buenos tras las rejas, protecciones y silencio, miedo, cuidad, entonces vienen los quién dijo que el campo estaba lejos.
El verde relegado a la guarida de dos por dos en la plaza de armas, sinónimo de macetero, mientras, nosotros hierba nativa que crece, puebla, desordena y huye. La conciencia se pierde en la falta de historia, la historia no existe en este pueblo amarillo, una voz hepática hablando en off sobre nuestras cabezas de lunas somnolientas, imaginando la tontera consumista, mientras somos acarreados como ganado, mientras el uniforme se traga el día dejándonos sólo el vicio de algunas tardes estivales para comer un poco de sol, recordando lo bueno de la vida y el sudor empeñado que planifica la fiesta venidera con las manos fétidas al olor de interés bancario, con esos ojos taciturnos que sólo se atreven a detenerse cuando el cuerpo se bate en retirada, cuando las raíces explotan el tallo y queremos mandar todo a la mierda; sería poco definir así la soledad mundana.
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