lunes, 30 de noviembre de 2009

Fantasma de un viejo amor


Tenía su pared junto a la cama, aunque no pegadas, le temía un poco a las arañas, aunque en comparación con quienes subían a su cama las arañas eran inofensivas. Usaba un pijama transparente en invierno, otoño, primavera y verano, aunque en verano de vez en cuando prefería el color de su piel desnuda, su pelo delgado y suave no alcanzaba a llegarle a la cintura y tenia una cintura pequeña que seguía un camino riguroso hasta convertirse en unas amplias caderas y unas piernas largas y formadas, sus ojos eran de un negro profundo y vacío, como si al verla fueras a caer en el abismo.

Ese día dormía, como cualquier martes o jueves, dormía de espalda por si algún fantasma venía por las noches a hacerle el amor, y sucedió, que sintió un escalofrío entre las piernas que humedeció su cuerpo por completo, abriendo los brazos para dejar ver sus tímidos pechos con la escasa luz de la luna que buscaba su entrada en una abertura de la cortina, sintió besos al revés y al derecho de su cuerpo, sintió el vaivén inacabable del deseo desequilibrado por su cuerpo y el placer máximo que dejaba oir sin reparos, con una voz delirante y enloquecida y una extraña respiración, que consumía sus alientos; tuvo diesienueve orgasmos esa madrugada, los ojos se le aclararon hasta quedarle como la miel, y su boca hinchada de mordidas y besos se tornó roja y voluminosa, tenía ese aspecto de deseo en el rostro y una tenue expresión de sueño, aunque daban las siete de la mañana y el despertador estaba apurado por sacarla de esa cama; Cuando no hubo más que levantarse, como cualquier día miércoles o viernes , vistió su uniforme de día miércoles o viernes se vió en el espejo y se sintió cansada, cansada de que aún a los sesenta y siete años el fantasma de su gran amor, no quisiera dejarla tranquila.

Disculparse


He pedido disculpas tantas veces, y aún me siento sobre el sol para ver si se quema la culpa, pero se evapora de mí todo cuanto quería esconder y siempre que pido perdón termino llorando, tengo miedo de terminar en el infierno, afirmada en los ladrillos calientes que podría construir si terminara siempre mintiendo, pero de vez en cuando me arrepiento, como los humanos. Quién no ha sentido helarse la sangre al equivocarse, nunca es fácil comenzar a reconocer los errores, como si pudieramos hacer creer a alguien esa perfección inexistente que tanto hemos soñado;
No es igual pedir disculpas públicas cargados de argumentos para autoconvencernos de trivialidades, que aguantar la verguenza copiosa de recoger todo lo que ya es pasado en diminutas reuniones que a veces solo convoca a dos personas fatigadas y hastiadas. Yo abría los brazos para ver si te olvidabas y caías sobre mi con una descarga de paz que hubiera encendido mi marcha atrás para avanzar con fuerza rogando un perdón implícito, pero no te gusta que se me haga tan fácil.
Que difícil sostener los ojos en los ojos, y que la voz pase invicta de las estrangulaciones; controlar el abismo que se abre en el estómago. . .

-Me perdonas ?
-Como si pudiera decirte que no.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Haces falta


Te sigo atarantadamente para no perderme ningún segundo de tu milenario cuerpo, para sentir tu piel humedecerse al tiempo que se agita la respiración, hasta perdernos en la percepción imaginaria del amor, yo no pregunto como te sientes, pero tu me dices bien, y yo no tengo para qué responder. Con mi sola sensación podriamos besarnos días enteros, mientras te olvidas si son las tres de la tarde o de la madrugada, y vuelves una y otra vez con ese sabor nítido que se te desprende de la boca, para llegar con tus ojos que sonrien por ti y por mi, a recordarme que de mí fluyen gotas de espacio que riegan las hierbas sobre las que estoy sentada, sola. Y cuanto te odio por haberte ido y por sentir como te recuerda ese escalofrío que se alarga por mi columna vertebral, como se empaña mi cuerpo para dejarte dibujar con un dedo entre los pechos, un corazón asimétrico. Ahora puedes al menos graficar en tu memoria cuanto haces falta, de vez en cuando.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Vida en el Sol


Iba en medio de la avenida más transitada de todo el mundo, a milímetros de encontrarme bajo las ruedas de algún vehículo, cuando sentí las puntadas de una aguja que ardía, me ató, anudó y comencé a subir, cada vez se escuchaba más tenue el murmullo horrorizado y sorprendido de la gente y yo misma comenzaba a suprimir las toneladas de especulaciones que nacían de mi mente, y así, abandonada a mi nueva suerte, alcé la vista, para encontrarme a menos de un metro con el sol; me sorprendió que estuviera tibio, pero creo que lo más sorprendente ocurrió unos segundos después, cuando pude instalarme en su núcleo y darme cuenta que estaba mejor de lo que creí. No habían automóviles ni nada que pudiera volver a desarrollar mis instintos kamikazes.Me quedé una noche, otra y otra, ya creo que me quedo.

Cuando es mañana salgo a recorrer las ciudades al norte del sol, por las tardes aliso sus rayos y cepillo los residuos de nube y en la noche lo sostengo en una de mis manos, hasta que deja caer un líquido suave, blanco, fresco y bebo. Puedo andar desnuda arriba, ya no tengo problemas en la vista, ni ese dolor sobre los hombros, la tos alergica cedió y la voz se tornó ligeramente más dulce. Hace días llegó una embarcación de palomas a dejarme una nota que decía "te extrañamos" no sé de quien será, se me cayó.

Definitivamente la vida en el sol es mucho mejor.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Me di cuenta que tenías los ojos grandes...


Me dí cuenta de que tenías los ojos grandes cuando vi caer una lágrima tuya y me pareció que el arca de tu boca le quedaba pequeña. Sonreias como siempre, y se te volaba el cabello en el viento claro de la mañana, te veías mas adulto, más viejo, más niño, como si el tiempo hubiera estado jugando a armarte al derecho y al revés. Al fin que quedaste sobre tu sombrero como queriendo hacer una reverencia, y me mordiste la mano para ver si podias quedarte con algo de mí, pero no. Yo en cambio, me veia más sombría, y lucía un estrepitoso silbido en la voz, andaba con el pelo ruidoso y mojado y de las manos me caía un sabor a soledad grueso y espeso, por fin que te diste cuenta, y decidiste alejarte, como si tu instito te hubiera susurrado... ya ambos sabemos lo que es apropiado. Tu sigues por tu largo camino, yo sigo por el mío un poco más angosto.