lunes, 20 de septiembre de 2010


He configurado puertas y ventanas con una silueta vieja y desgastada, casi a punto de morir por falta de historia, tan delgada me he vuelto que solo de mí se pueden ver los pensamientos, y yo, sentada en la arena movediza del tiempo aunando esquelas de alguna vida pasada, para tener qué contar, para tener qué hablar, se han aburrido las zarzamoras y los lirios de escuchar un canto dolorido de historias viejas, decía, que el caminante se lo había llevado todo, decía que no tenía pasado, como si al dejarla a ella, se hubiera muerto todo lo vivido y todo lo amado. ¿Qué es morir? Como puede volver a morir el pasado, nadie entendía el frenesí la histeria armada con la que salía a combatir mi sombra por las noches todos los fantasmas del amor, todas las formas que tomaban las sábanas, los retratos que dejaba el sudor nocturno de sus pesadillas; ella hablaba de ella y yo hablo de mí, y al final somos ese mismo remordimiento, por lo que pudo ser y nunca fue. El terrible pesar, de lo que no perece, de lo que sigue vivo, pero muerto, de lo que acaba cuando recién se comienza a probar y del deseo, la espera, sobretodo la espera, las ansias que taladran el estómago de quien necesita el advenimiento de un cuerpo que lo abandona todo y lo lleva todo en su partida.

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