miércoles, 6 de abril de 2011

La aventura cegadora del amor,
como un pájaro herido en la ventana,
con la incertidumbre propia que aventaja los instintos cuando se trata de aquel ambiguo paraje. Las ideas no maduran
y solo queda el charco de la oscuridad,
donde nada se distingue,
sino la sensación de equivocarse una vez más,
permitiéndole a la vida una nueva desazón;
y te preguntas porqué,
como si las nimiedades tuvieran respuesta,
cómo si esa duda que florece y se reseca en un mismo día pudiese hallar sosiego.

Sólo un elemento que ancle mis sentidos a la tierra firme en la que me sostengo sin permitirme elevar los pies como una hoja que flota en el espacio antes de ser derrotada por la gravedad, antes de caer y escuchar como se quebrajan los huesos y un poco el alma,
teniendo claro que de todos modos ocurrirá,
en la luminosidad del encanto nebuloso llegará la noche con su triste paso de tarde calma,
y dejará la huella omnisciente que me observa,
advirtiendo la desesperanza.
Y mi último argumento dejará sentir su liviandad en el aire que sofoca las palabras,
en la densidad que sólo deja lugar al pensamiento,
a una palabra perdida que se da golpes en la imaginación,
y queda ebria de lujuria;
y me quedo mirando en el espejo,
como si todo careciese de sentido,
abandonada por mis propios preceptos,
sintiendo pena porque el silencio ha permitido esta asfixia dolorosa,
y nada en mí comprende que se deshoje el alma en primavera,
ni acepto que la flor inmensa de la rebeldía crezca en este invierno montañoso
del que estoy a cargo hace tantos años.
Entiendo? digo no, y el corazón deja entrar una última bocanada de suspiro
Quedo atónita viendo mi rostro esbozar una tímida sonrisa.

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