domingo, 17 de abril de 2011

Dejó que le estilara el cabello sobre los hombros, un espeso ramaje negro que se extendía hasta la cintura, le cubría los senos y un toque femenino le venía bien cuando lo miraba de lado, esperando el gesto que los unía una vez más. Él tenía el aroma a hombre que ella tanto había buscado y la altura protectora que la dejaba dormir tranquila en sus brazos; Ella sabía bien que todo comenzaba en beso que se iba extendiendo como un mapa conceptual, cuyo primer término era: besar, entonces recorrían mutuamente el espacio virtuoso de sus bocas, percibiendo el cambio de temperatura en los cuerpos, que se olvidaba del frío, que dejaba allanado los espacios conflictivos, la duda; Un cuerpo sobre el otro, compartiendo la poderosa energía del sentimiento, y si no fuese sentimiento, la alegría de tenerse uno al otro, de besar los espacios que sólo se descubren en el noctambulismo, en la ebriedad que provoca la noche con su acento melodioso, la nota musical, el sabor en los labios del brebaje inexistente que permite la llegada del placer, del afrodisíaco mental encapsulado en una palabra que no se pronuncia, una palabra como una experiencia;
Entonces la eufórica carrera que se queda quieta en un sólo espacio, entonces la conexión desde el cuerpo y los ojos que se miran, la inyección de la mirada que no piensa y deja que baje el amor que no es amor, sólo el titubeo de los cuerpos que se desean en el éxtasis; dormir sintiéndose la piel, dejando que transcurra la noche, como una película. Y un bloque de olvido queda entremedio, cuando ambos se ocupan de sus propias vidas, no menos importantes.

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