viernes, 29 de octubre de 2010

Sigiloso y tierno,
tibio entre los brazos
hasta convertirse en la máxima exacerbación del ser,
perturbación y dulzura;
el agua subterránea que emerge
vértigo,
desembocando en una pausa inobservable,
borrando con los cuerpos la historia,
sin antepasados, sin descendencia,
sólo el éxtasis, el frenesí y la calma,
la cadenciosa respiración que deja un surco entre los pechos
para que el corazón bostece,
antes de quedarse viendo el espejo con el cuerpo humeando un recuerdo añejo...

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