jueves, 23 de septiembre de 2010

No hay nada más ridículo que las cuestiones de tiempo
a quién puede siquiera ocurrírsele guiarse por él, tan extremadamente subjetivo
no viene y no va;
ya todas las velas se han apagado y parece que en cada una he cumplido un año
y en cada año un siglo de esta eterna espera de lo que no llegará jamás
El consuelo, dicen por ahí, la esperanza, que por la maldita desgracia de la
mitología quedó de las últimas, pudo haber sido, la muerte, y así
cuando ya nada quedara, solo bastara morir; el trágico destino de los
viajeros, morir, sin dios, en algún andén,
Podría ser literal,
pero más terrible aún es la metáfora, alargando los brazos por toda la infinidad
como dos líneas paralelas que nunca se hallarán ni para comparar los penas
ni para comprarse una a otra una sonrisa.
Es el recuerdo materializándose en todo el paisaje, es más que un cansancio
un agotamiento que se enhebra en mi columna vertebral
quedo clavada en la añoranza que no muere. Nada muere, solo se eterniza.
Estar cansada no significa detenerse, es muchas veces seguir el mismo camino circular
pisar las mismas huellas una y otra vez, y al anochecer encontrarme
suficientemente cansada como para no dormir, y darle vueltas a una almohada
que hierve, hasta evaporarse en una aurora que me tortura nuevamente.
Nunca saldrás de ahí, pareciera repetir un eco. Te extraño,
digo, sin expectativas, como si supiera que por el solo hecho de decirlo,
ya no habrá más tiempo,
y si lo habrá.

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