
Demoré años en sacar una conclusión de toda mi vida, algo digno de valer la pena saberlo, siempre creí que los años pasarían uno tras del otro, como por una pasarela frente a mi. El otro día mientras descongelaba el plato del almuerzo y sentía el cotidiano ruido del microondas, pensé en las infinitas oportunidades que había dejado pasar frente a mi, a causa de estos sufrimientos fortuitos que nos trae la vida; las muertes de nuestros queridos, las inevitables separaciones de otras personas, los cambios de vida, las mudanzas, la nostalgia que se instala cuando se siente casi siempre el desapego, y entonces vi, como tantos momentos de la vida habían pasado batiendo una mano al tiempo que decían hola y adiós. Adiós a volver a encontrarlos esperando por mi. Me acerco a descorrer las cortinas y se escucha desde afuera la brisa de este otoño que cayó como una helada sobre el paisaje, este otoño que ha descuerado los árboles al tiempo que silva, me quiere mucho, poquito, nada. Qué más hacer que quedarse viendo como trascurre la mañana, tan silenciosa, apacible, quedarse en el Olimpo de la ventana, mientras aprendo que este preciso instante ya nunca volverá, nunca volveré a estar erguida exactamente en la misma posición, en las mismas coordenadas, con los mismos sentimientos y con este mismo viejo pijama, nunca volveré a estar entre mi reflejo y el paisaje, pensando en lo estúpida que he sido, en las porciones de mi vida lanzadas a la basura, en los momentos de mi vida que no tienen ninguna posibilidad de ser descongelados, en lo mucho que he anhelado aquello que no existe, aquello que está en la copa del árbol, la hoja que nunca caerá y entonces mientras el jardín se torna amarillento, y la humedad contrasta el verde que va quedando, yo seguiré colgada de lo que nunca vendrá por mi, para mi.
Y da pena... da pena enterarse de la cantidad de veces que corrí la cortina, que tomé el desayuno, que calenté mi almuerzo, que dormí la siesta, que bebí con sed, que quedaron saltando como momentos vacíos, como voces que se chocan unas a otras en un espacio inmenso lleno de insatisfacciones, de quejas, reclamos y multas. Y mientras sacudo los pocos muebles de mi habitación pienso que ya jamás nunca dejaría de devolverles el saludo a mis cabizbajos momentos.
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