sábado, 24 de marzo de 2012

Abuela.


Dejó el tiempo escurrir entre los ladrillos del camino, como si la efímera vida, le durara para siempre y siempre ella creyó que su eternidad sería hasta su propia muerte y quizá quien era quién para discutir su terquedad de mula vieja, después de todo las llagas en los ojos eran de puro sacrificio, como se auto-decía para enfatizar en lo severa que había sido su existencia," había" ,como en tiempo pasado, pero aun conservaba en los ojos la mirada abrasadora que la tenía ahí refrescándose el cabello bajo el agua fría que le contenía la carne, como profesaba en un canto alegre y desalmado. Decía que el alma la había abandonado en el trabajo y que sólo de ella quedaba el retazo de algún tiempo mejor, la decrepitud se le notaba en las rodillas y en las manos torcidas, pero cuánto habían aprendido y cuánto habrían enseñado, lamentable era el hecho de tenerla así como casi evaporándose, ella lo sabía y bien que lo decía, bien muerta quería estar la vieja gigantona, le tocaba su descanso por siempre, como le nombraba cuando caía la noche, casi lo estaba esperando, pero así, tan erguida, tan dueña de su vida, nada había conseguido intimidar sus ansias de progreso y había dejado su espíritu en cada cosa que tocaba, en cada caricia se le había desprendido el aura y entonces había repartido su luz, qué vida aquella, la muerte la dejaba entrar como la hoja de otoño que cae lento y flota como para dejarse ver en el camino, así como si su rastro fuese un segundo en la historia, se parecía a todo y era nada, un montón de cenizas que rellenaría un salón fúnebre; ya nada importó cuando vio su fantasma observándose, tan fría, tan dura, tan callada y entonces sabe dios donde van a parar los espectros que escupe la muerte, o acaso pensar que valiéndose de las herraduras que le da la honra de ser una mujer tan aguerrida, habrá escogido un buen camino...

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