domingo, 20 de marzo de 2011

Lo nombró amor.


Había protagonizado su momento máximo de placer cuando sintió el engranaje perfecto entre las almas, soltó todo cuanto se puede dejar ir, incluso aquello que se halle dentro de la consciencia; parecían dos inmensas luces que encienden la ciudad en el romanticismo inmejorable de las mentes, pincelando la sombra con los cuerpos, hasta pintar la perfección del amor en un cuadro que pendía del instante exacto en que ambos perpetuaran el vapor que arrancaba de las palabras.
Luego del ruido sofocante, luego de la tarde con el sol puesto, luego de la alegría y la conquista inmediata, el silencio, que dejaba dormir el último sentimiento, sin frío, sin calor, como si todo en esta vida fuere perfecto y dejara la huella apacible del deseo; ella lo nombró amor.

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