lunes, 20 de diciembre de 2010

Cuando existieron las cartas añejas en la despensa
se las comía todas, el fantasma hambriento de la soledad
Ya que las bolsas selladoras no guardan ni el aliento silencioso
cadencioso
aromático
del deseo
La rabia, de las ganas
El roce suave de los cuerpos siempre a punto de gritar de frio y morir de calor
Nada que sobreviva en los besos entre muertos que se dan
las palomas, engañando al corazón con unas cuantas excusas refrigeradas.
Se toman el líquido embriagador,
la sed flota en el espacio y un respiro de submarino deja ver las grietas de los años
como velero que naufraga
El amor muriendo, y yo vestida de negro, lloro, en este velorio.

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