jueves, 8 de julio de 2010

Solo tenía fragiles susurros que salían de entre medio de sus labios, sin perturbar en absoluto el silencio conmovedor que hasta entonces se había apoderado de todo,
y tiritaba, como si tuviera frío, pero solo el miedo estaba presente desde la raíz de su cabello, hasta la punta de los pies, que tiernos nueve años, pensaba aquel negrero, como bien se le puede decir, mientras lo hacía cargar el doble de su peso, sin siquiera fruncir el ceño, y como si eso fuera poco consumía con placer tabaco y más tabaco y quizás qué más en su oficina oscura, donde pocos se atrevían siquiera a expresar su más debil opinión. Qué más le podían pedir sus cortos años a la vida, sino quitarse el hambre y quitarse el frio de los huesos entumidos, de los dientes rotos, del mal aliento que ya se expulsaba desde su alma al infinito. No había un solo espacio de su piel reseca que no tuviera esa textura propia de la súplica, como extendiendo la mano a un vacío inacabable, al mayor de los abismos, como si ya no quedara nada en el mundo, mas que pedir auxilio, y el eco solitario y decadente de una sociedad egoísta, de un pueblo sordo, de ojos ciegos frente a los cuerpos raquíticos, que deambulan en las mismas calles, que detrás de una huella maloliente de calzado fino, pasa un transeúnte a pies pelados. Quién ha podido trascender la carne, quién a podido subir los huesos!.
Un día cuando en la tierra todo marchite, cuando sea otoño para siempre y nunca llegue la primavera y nada refugie los cuerpos ni existan techos para cubrir los cerebros, se abrirán los ojos de los pocos que queden. Cuando en el mundo ya no quede sino llanto, quizás solo quizás reviva la conciencia.

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