domingo, 23 de mayo de 2010


Estaba viendo caer el sol, cuando recordé que te amaba desde hace ya bastante tiempo, en mi mente tenías esa expresión perdida en algún recodo del universo, y yo estaba descociendo el último de mis alientos, haciendome a la triste idea de olvidarte ya! Así de sencillo, como si se pudieran borrar en un crepúsculo tantas horas de anhelo, de añoranzas, de sueños que marchitaban justo al nacer, como si fuera cierto aquello de lo que hablaban los padres de mis padres, mis abuelos: el tiempo lo cura todo... quién fuera tan inocente de tragarse ese cuento, el tiempo solo estanca más recuerdos, es la memoria que no alcanza a digerir tanta tristeza y desborda entonces el pasado, lo efímero del pasado; veo anochecer en mi propia ciudad aún no me convenzo de quitarte de una vez de aquí, sería como retirar la primera capa de la piel y quedarme con un rosáceo doloroso a la vista, sería sentirme desnuda en la ciudad, sería pasar inconscientemente mi codo por el rastro de la tinta que ha dejado la pluma escribiendo esta historia, por supuesto, mas mía que tuya y al final del cuento girar en ciento ochenta grados a un futuro que quizás no exista, debe ser por eso que temo avanzar, creyendo siempre, que voy a retroceder, que ingenua, que senda estupidez haberme encarcelado en los temores más básicos del ser humano... ya vendrá de nuevo a abrirse el cielo cuando pare de llover y en la catedral suenen las campanas de una nueva mañana que comienza y Dios viéndonos aclarar y oscurecer

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